A veces está silencioso. Inexplicablemente. Entras en el vagón del metro y de repente todo parece paralizado. Está lleno de gente pero no se oye nada. Por momentos crees que tus oídos dejaron de funcionar. O te crees inmerso en una de esas extrañas pesadillas. Pero no, es la verdad, no se oye nada, bueno casi nada. El vagón está lleno, pero nadie habla. Un susurro parece recorrer tímidamente entonces los asientos desde una punta a otra, pero se pierde débil poco a poco en la hipnotizadora largura del “comboio”. Sólo chirridos metálicos, velocidad, un cierto vaivén y…por fin la impersonal voz que anuncia la próxima estación.
Al fin se ve la luz, la estación, el freno en acción, las puertas se abren. Ahora puedes respirar, sí. Vuelves a oir el ruido de la multitud, el bullicio intrascendente de la ciudad en movimiento bajo tierra. Gente que corre, pero tú no sabes a dónde. Trajes y corbatas y ciegos pidiendo. Gente que se cruza sin parar, que se atropella, que se disculpa, que se mira fugazmente, que dirige una sonrisa tímida al prójimo. Caras perdidas, cansancio, rutina. Días que se repiten, minutos de viaje que dejaron de ser únicos hace mucho tiempo. Mismos pasos, mismas paradas, mismas esperas. Siempre con la esperanza de encontrar a alguien, saludarle, intentar remontar la corriente, luchar contra la marea. Alcanzar la orilla y tomar un café tranquilo, sin prisas, disfrutando secretamente de los segundos que se consumen.
Nadie habla. Lo aceptan. Lo aceptaron ya hace tiempo.
Cabezas llenas de pensamientos; otras vacías. Cada uno tiene sus motivos. Alegres, tristes. Cada uno busca su reflejo en el cristal ayudado por la oscuridad del túnel, se autorreafirma, sí estoy aquí, soy real. Al menos eso debería significar esa sombra al otro lado del cristal.
Sí, aunque a veces, inexplicablemente, está silencioso. Y el tren parece volar, y la oscuridad alrededor la nada, y el reloj que no corre, y el aire no huele. La irrealidad se apodera de ti. ¿Adónde iba?
Ibas a algún sitio, y seguramente por algún motivo. Lo olvidaste. No tiene mayor importancia. Te sientes liberado, sabías que te equivocabas de destino. O al menos tenías tus dudas.
A veces está silencioso. Y la gente no habla porque tiene miedo, miedo del otro, miedo de sí mismo, miedo de la oscuridad que le rodea y miedo de la artificial luz blanca que le deslumbra allá dentro. ¿A dónde me llevan? ¿Será esto la muerte?
A veces el reflejo del cristal se desvanece. Y ya no sabes si estás donde crees estar. Y tu móvil no tiene cobertura. Se olvidaron de ti, chico.
Te empieza a faltar el oxígeno. Te aceleras. La ansiedad te devora. Gritas y pides salir.
Vuelves en ti. La gente ni siquiera te mira. Están tranquilos, apenas se mueven. Son autómatas, no deciden.
No decidas por ellos. No les juzgues.
Acabas de recordar donde ibas. Una gran masa te absorbe. Subes y bajas escaleras. Resoplas. Recuerdas Metrópolis. Oyes conversaciones sin sentido. Idiomas que no son el tuyo. Risas nerviosas. Lágrimas invisibles.
Si cierras los ojos debes estar seguro de que las cosas siguen ahí.
Si cierras los ojos tu realidad desaparece. Si todos los cerramos a la vez la realidad desaparece. Menos mal que siempre hay algún sonámbulo. Menos mal que no anochece a la misma hora en todos los lugares. Menos mal que nada es real.
A veces está silencioso, sin sentido. Entonces tratas de romper el silencio, pero al abrir la boca te das cuenta de que ya no tienes voz.
Demasiado tarde.
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