Y me acuerdo de aquel sol vertical, que hacía sombra sólo en los pies. Del que nadie podía escapar y que dejaba nuestra cabeza tonta.
“¡Una cerveza, por favor!”
Pero no siempre era el mejor remedio.
Hasta en invierno cuando se apartaban un poco las nubes aparecía él, fuerte como sólo lo había visto en las tardes de julio. Y reía. Entonces lo agradecía, y hasta me hacía cosquillas en la piel, e ilusión volver a verle. Era un sol amarillo, grande, brillante. Nadie osaba mirarle a los ojos, claro.
Las nubes salían corriendo.
Por qué no dormir una siesta, aprovechar el descanso de esos interminables segundos que nunca pasan y que funden los relojes hasta que parecen quesos. Todo se transforma. Los recuerdos se apagan, la memoria persiste. Las historias se inventan.
Más tarde, ya en la noche la luna salía orgullosa entre las montañas. Por fin era una esfera, se podía ver su redondez, como la de aquella luna en Fez. Flotando sobre la medina, cercana, enorme. Alguien la había hinchado. Yo siempre la recordé plana, como en un decorado pintado, de esos de las películas del oeste.
La nieve entonces conseguía un tenue brillo de plata, suave, extraño. Y la brisa corría por fin más ágil, más fresca y rápida, regenerando los pulmones. Aliviando la gravedad que te anclaba al suelo.
Hay veces que uno no sabe qué hacer y comienza a andar sin rumbo.
Hay veces que uno decide mirar hacia arriba y buscar otro ángulo, otra perspectiva, ver algo nuevo que siempre estuvo allí.
Esos días son como una salida del metro, cuando sales de la oscuridad y alzas la vista ante las escaleras que preceden tu vuelta al mundo. Figuras comunes se recortan ante el cielo. Es sólo un punto de vista. Es mágico aún así.
Entre aquel enorme desierto de rocas surgió una hendidura, un cañón. Entre el árido reflejo blanco que te rodeaba la humedad te atraía. En aquella grieta al fondo se dejaba ver ya un gran refugio verde con una pequeña y continua corriente de agua serpenteando a ras de suelo.
Llegaste y entraste en ella. De entre las dos masas de piedra aparecía un nuevo mundo, un nuevo aire, con otro tiempo y otra atmósfera. Un caminito lo recorría siguiendo su estrecho espacio. A veces tenías que agacharte y penetrar en la oscuridad, hasta arrastrarte en la humedad de la tierra. Siempre con la corriente de agua junto a ti, o a veces saltándola, mirándola, o buceando, o dejándote llevar por ella.
Un puente colgante te dio la oportunidad de balancearte en él hasta conseguir reunir energía suficiente para saltar y huir.
Y huiste expandiéndote en todas direcciones…
Las historias se inventan.
Los personajes se crean.
Los decorados se construyen.
Los focos se encienden.
Y ya sólo queda que empiece el espectáculo.
Aplaude.
El espectáculo debe continuar.



