Se sentó a mi lado un extraño tipo. Traje gris, zapatos blancos, reloj y joyas de oro. Podría ser extranjero, no sé. Sólo era un bar de barrio, de desayunos baratos. Descafeinado y tostada de tomate.
No era una película de los Coen.
Me miró como si no lo hiciera.
Me volví despistado.
- “Vendo perfumes”. Dice.
- “¿Qué?”
- “Vendo perfumes de hombre”.
- “Bien”.
“- ¿No compras?, también de mujer”. Me dice con un extraño desprecio. ¿Si quiere venderme algo por qué me trata con asco?
- “No, no”. Aún no ha notado que hace tiempo que no uso de eso.
Sigo bebiendo mi solitario café, me limpio el aceite de mis manos.
Observo este pequeño universo, a mi derecha otro hombre trajeado parece un mismísimo ministro. No pide, el camarero le pone lo de siempre sin más, obediente. Después, con aire superior le ordena cambio. Fuma junto a mí mandando todo el humo a mi cara.
Llega una mujer, mayor, cansada. Pide con urgencia. Casi parece llevar el pijama. Azul, barato. Qué hará allí para no desayunar en casa.
La camarera es una simpática gitana. Su marido un enorme hombre, con acento que no es de la tierra. Cuando habla no sabes si es a ti, su mirada, digamos que no va muy recta. Me desconcierta tristemente este hecho. No sé dónde mirar.
Pago.
1 euro 30, buen precio en estos tiempos.
Pasearé otro rato aburrido antes de volver a la oficina. Aquel no es mi sitio.
Una estúpida pregunta ronda mi cabeza: ¿comercia ahora la mafia con perfumes? Por favor que vuelva la ley seca.



