lunes, 28 de abril de 2008

Endless


I wish i could

1 comentario:

Anónimo dijo...

considérate un mentor, de momento no tengo hueco en el mundo.

fulano de tal enciende la luz de la mesilla, indirecta, mentirosa, una paria de la confeccionada realidad. Ahora el ambiente era cálido, se estaba meando pero no le apetecía dejar de asomarse a la ventana, y como quien de repente se convierte en una canalón se la sacó y se puso a mear a la calle, sin apuntar, ¿para qué iba a hacerlo?por esa triste calle no pasaba nadie, un par de golfas haciendo la jornada, y a él le encantaba vaciarse enterito sobre las putas, era uno de sus secretos confesables. Era un ser fino, en sus maneras porque no en sus actos. Era sórdido, estridente para las conciencias sin explotar del resto de viandantes. Era un maldito al estilo montera, no porque viniese de allí porque el sentía la necesidad de no venir de ninguna parte, quizás para no sentir nostalgia, eso era de seres patéticos, la vida es lo que siempre está por venir, lo otro siempre puede olvidarse.
Ahí estaba ella, acudía siempre con puntualidad de corral. La señora Francisca había sido la pescadera del barrio toda la vida, dedicando la mejor sonrisa, sin escatimar con las sobras que de vez en cuando colaba a algún despistao, el negocio es el negocio, al rededor de sus ojos se formaba la red de cazar truchas de la barquita del chanquete de cualquier pueblo, sus enormes pechos habían dado de mamar a por lo menos tres lechones, porque mira que todos le crecieron grandes. Fulano de tal leyó la esquela no hace mucho tiempo y decidió cubrir la necesidad de aquella anciana mujer de que alguien la mirara, sólo por eso, tan decente, se dignaba él a asomarse. No le habría importado tocarla, esa piel blanca, esas tetas, pensaba en el tiempo que tardaría en recorrer desde su ombligo hasta su escote, era divertido, pero no excitante, juro por la madre que Fulano de tal le hacía el amor y ella se dejaba. encendía también la luz de la mesilla , era todo un ritual de cortejo, disimulado como cuando te rozas con el pico del pupitre. Allí se quedaba el poeta, fumando, amándola un ratito, ella estaba feliz, con la pausa de un beso se desnudaba, rematando el coito la luz se iba envagueciendo , hasta ser la habitación de la vieja una morada negra, una morada fúnebre. Una mirada fúnebre, pero preciosa como una corana de flores.