A veces, cuando menos te lo esperas, te regalan tiempo, te regalan vida, te la dan.
- “Toma, un pedazo. Es tuya”
Y gratis.
No sé quién, no sé cómo, pero sí, así es. Lo más valioso, lo más preciado, lo que todos los días se no escapa, lo que todos añoramos, por lo que todos suspiramos, nos arrodillamos, imploramos.
- “Toma, una hora. Es tuya”.
Lo más seguro es que sólo la utilices para dormir. Pero has ganado una batalla, has ganado una batalla en una guerra perdida de antemano.
Todas las guerras se pierden.
Hace tiempo perdí la fe y la esperanza en religiones, sectas, grupos, políticas, modas, instituciones… pero hoy eso da igual, es indiferente. Gané tiempo. Gané tiempo al tiempo.
Parece sólo una pequeña concesión, un simple ajuste, quizás. Mera ciencia. Coordenadas, paralelos, imposibles ecuaciones que deciden los mapas, que marcan nuestro ritmo. Nunca vi una línea sobre Greenwich.
Pero lleva esa hora a tu mente, allí puede ser eterna.
- “Tengo una hora de repuesto”, podrás decir entonces.
Ya no me importa tanto que me hagas perder el tiempo. Tengo algo en la reserva, en la despensa.
Regalando vida, quién nos lo iba a decir, tal y como están los precios de lo innecesario. Quién lo iba a decir que lo iban a hacer estos tacaños, los que predican crisis, porcentajes, hipotecas… Los que deciden que la gente tenga que pagar también por comer, dentro de poco por respirar. Hombres (si lo son) grises, plomizos, opacos. Debieron levantarse con el pie derecho, felices por un momento. Con su grandilocuente bondad pasajera pensaron: por qué no darles una hora más. Irónicos, ácidos… una hora más de espectáculo, gratis. Una hora más de agonía.
Regalar vida. Nada más bonito. Nada más útil. Nada más abstracto.
Lo más invisible y pesado, lo más etéreo y constante. El mayor invento, lo que no es, pero está.
Concédeme un deseo.
Dame tiempo para pensarlo.
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